Israel 1984
- En el Kibutz
Fernando Herráiz Sánchez. 23/2/ 2024
Investigador y Escritor
A mediados de los ochenta se contaba en Israel un chiste que decía más o menos así. Un periódico judío había publicado el siguiente titular: “Un autobús se despeña en una pequeña localidad de la provincia china de Shanghái. Hay 30 muertos, ¿es bueno o malo para el estado Israel?” Oí el cuento en varias ocasiones y siempre era muy celebrado por los israelitas. Confieso que entonces no le encontraba la gracia. Ya al final de nuestra estancia comencé a intuir su verdadero significado. Pero no nos adelantemos.
En 1984 tres compañeros de viaje llegamos a Israel-Palestina procedentes de Grecia. Nuestra intención era recalar brevemente en Israel, y continuar viaje a Egipto. Después de algún tropiezo conseguimos llegar al país de los faraones, no sin antes hacer una inolvidable parada en Gaza de la que hablaremos más adelante.

Mes y medio después estábamos de vuelta. El tiempo era bueno y aún faltaba bastante para las cosechas de verano griegas, por lo que decidimos quedarnos y enrolarnos en un Kibutz. Habíamos oído hablar de aquellas granjas cooperativas, y sin muchos contratiempos conseguimos alistarnos en uno al norte del país, cerca de la ciudad de Netanya.
No recuerdo el nombre de aquella comunidad, pero sí que se trataba de una especie de pueblito de 200 o 250 habitantes rodeado de campos de frutales. El aspecto general era más bien el de una urbanización campestre con un centro administrativo. No había plaza, bares o tiendas, aunque si una especie de economato- oficina de correos en el edificio principal. Más tarde averiguamos que aquel Kibutz había sido fundado 30 años atrás, y era uno de los más antiguos del país.
Ingresamos en calidad de voluntarios, por lo que estábamos allí para trabajar 4 horas al día. No había sueldo ni gratificaciones. Otros 30 voluntarios de diferentes nacionalidades contribuían a diario a sostener la economía de aquel lugar al que jamás podrían pertenecer pues no eran judíos. La mayoría eran viajeros de largo recorrido.
En realidad la parada se justificaba ante todo por la curiosidad, y por la necesidad de cierta estabilidad que nos permitiese descansar del incesante trajín de los viajes largos. Nos asignaron una bonita casita entre los frutales, y al día siguiente estábamos trabajando.
En poco tiempo nos pusimos al tanto de las rutinas y las maneras de hacer las cosas del lugar ayudados por Carolina, la jefa de voluntarios, una señora judía búlgara que hablaba un español-sefardí del siglo XVI que era una delicia escuchar. La mayoría de residentes (kibutzin) eran askenazin (judíos de la Europa central y oriental) y formaban una comunidad bien organizada.
Era un Kibutz anti-religioso. No una comunidad laica o aconfesional al estilo occidental. Sus estatutos incluían la prohibición de realizar ritos religiosos en el territorio del kibutz y vetaban el ingreso de rabinos, sacerdotes o clérigos de cualquier religión. Lo cual no impedía que se celebrasen las festividades tradicionales judía con sus alimentos típicos, bailes y canciones. Pero sin rabino.
La propiedad de cuanto había en el kibutz era comunal por lo que el dinero no circulaba en su territorio. Las viviendas se asignaban a individuos o familias según las circunstancias de cada cual, atendiendo al número de hijos, estudios y otras consideraciones relacionadas con la edad y la salud. En caso de que algún matrimonio o pareja se separase se le asignaba una nueva vivienda a uno de los cónyuges. De cuando en cuando pasaban unas cuadrillas que iban por las casas haciendo toda clase de reparaciones.
El pueblito contaba con una cocina y un comedor central que permanecía abierto casi todo el día, donde había comida de buena calidad a disposición de los Kibutzin y voluntarios. Podías consumirla en el propio comedor o llevártela a casa. Había también una lavandería comunal bien dotada.
Los ingresos de la comunidad provenían de los amplios campos de árboles frutales (naranjas, limones, pomelos…), 4 o 5 corrales de aves ponedoras y una pequeña fábrica de bidones de plástico que funcionaba las 24h. del día. Los kibutzin trabajaban de forma rotativa en estos rubros, y en la administración y mantenimiento general de la comunidad. Nunca supimos cuantas horas laborales ejercían en realidad (las que hagan falta decían) pero no creo que pasasen de 6 o 7 al día.
Las decisiones sobre cualquiera de los aspectos de la vida del Kibutz se tomaban en asamblea. Todos los cargos eran rotatorios y los miembros de la comunidad estaban obligados a desempeñarlos por periodos reglados. No era raro ver a algún jefe fregando los platos en el comedor.
En definitiva, era una sociedad democrática e igualitaria que podría calificarse de comunista, incluso de anarquista, donde el dinero y el estado habían sido superados…pero… algo no terminaba de cuadrar. Lo que saltaba a la vista era que a pesar de convivir tan estrechamente apenas había contacto social.
Los voluntarios vivíamos en un pequeño barrio apartado donde había una cantina y por las tardes nos juntábamos a tomar cerveza. Comíamos bien, dormíamos bien, lavábamos la ropa y semanalmente nos daban tabaco y unos pocos shekels para gastar fuera.
En el Kibutz todo era bueno…, probablemente demasiado bueno. Las casas y la comida. Los coches eran nuevos y bien cuidados. Los Kibutzin iban bien vestidos, tenían buenas ropas de trabajo, y manejaban dinero cuando salían al exterior. En el centro del “pueblo” había un economato, un dispensario médico y un cine-auditorio donde los domingos ponían las mismas películas que se estrenaban en la ciudad. Finalmente nos enteramos de que había miles de judíos haciendo cola durante años para convertirse en kibutzines, y que la mayoría no lo conseguían. Cuando llevábamos allí alrededor de un mes se produjo la primera grieta en el paraíso de los judíos.
Yo viajaba con mi saxofón que hacía sonar por las tardes en la casita de los frutales. Un día se presentó un kibutzin y me dijo que él tocaba el piano y me propuso improvisar algo de música al día siguiente. Y así fue. Nos encontramos en el auditorio donde había un hermoso piano de cola.
Llevábamos una media hora tocando cuando se presentó uno de los jefes del kibutz e hizo señas al pianista para que se acercase. Hablaron brevemente y mi anfitrión regresó visiblemente embarazado. “Tenemos que dejarlo. No puedes estar aquí. Este lugar es solo para judíos”.
Unos días más tarde comencé a trabajar en la fábrica de bidones plásticos. Era del tamaño de un taller mediano con una única máquina visible en el centro. El artilugio producía un bidón por minuto que debía retirar aun caliente y recortar los salientes con una especie de cúter. Trabajaba de noche y en solitario al imperturbable ritmo de la máquina. Dos semanas después ocurrió algo que lo cambió todo.
A dos o tres kilómetros del Kibutz había otro de parecido tamaño. Alguien nos dijo que allí había voluntarios españoles, por lo que una tarde dimos un paseo para conocerlos y ver si tenían libros para intercambiar.
Encontramos una pareja de Barcelona que llevaba algunos meses viviendo allí. Nos contaron que hacía unos días que Bob Dylan se había marchado. Estuvo dos semanas en el kibutz en calidad de voluntario, aunque no había trabajado. Se pasaba los días subiéndose a los arboles para que le sacasen fotos. Una noche cantó tres o cuatro canciones en el comedor.
Bajando la voz, nos contaron también que pensaban marcharse pronto. Los habían destinado a la fábrica de su Kibutz, descubriendo que en realidad era un taller donde se fabricaban balas para el ejército israelí. Y el asunto no les gustaba. Al parecer, la producción militar estaba en buena parte repartida entre kibutz elegidos por su antigüedad y fidelidad incondicional al estado.
Regresamos a nuestro pueblito e hicimos algunas averiguaciones que confirmaron nuestras sospechas. La fábrica de bidones en la que trabajaba era también del ejército, y suponía para el kibutz una entrada de unos 12 millones de dólares anuales. Una cantidad respetable sobre la que se asentaba el bienestar de los 200 habitantes de aquella comunidad. El dinero venía de Estados Unidos, por lo que el paraíso igualitario se nutría de las ayudas foráneas a la guerra y la ocupación de las tierras palestinas.
Aquella misma noche fuimos a ver a Carolina y nos dimos de baja. Al parecer estaba acostumbrada a aquellos lances y se lo tomó con calma. Nos deseó buena suerte y nos recomendó que nos fuésemos al día siguiente porque “en la noche los arabos (sic) rondan en la oscuridad y son peligrosos”
