
Israel 1984 -Jerusalén
Fernando Herráiz Sánchez
Investigador y Escritor
15/04/2024
- One glass of water, please
- ¿…?
- Water please…
- ¿…?
Jerusalén se preparaba para el Sabbat. Acabábamos de llegar de Egipto estirando al máximo la estancia, y… estábamos prácticamente sin dinero. Contábamos con una reserva en el coche que habíamos dejado en un garaje céntrico de la ciudad. Hasta allí fuimos y…, estaba cerrado.
Tras algunas llamadas comprendimos que la situación era apurada. Aquel Sabbat era el comienzo de una especie de puente largo. El dueño del garaje estaba con su familia en una ciudad del norte y no regresaría hasta tres días después. En el vehículo teníamos el dinero y las pertenencias. Era nuestro lugar para dormir, y lo más importante: allí estaban también los instrumentos musicales. Eran la base de nuestro modus vivendi, y sin ellos estábamos perdidos…
Hacía calor y callejeábamos calculando cuantos bocadillos podríamos comprar con el suelto que nos quedaba… entramos en un bar a pedir un vaso de agua…
- One glass of water, please
- ¿…?
- Water please…
– ¿…?
El dependiente no hablaba inglés. Probé a decir agua en árabe, que se dice igual que en hebreo…
-“Maia”
-¿…?
El camarero seguía sin comprender. Miró a un compañero que estaba también tras la barra y dijo…
-“Manuel, mira a ver si tu entiendes a este hombre”.
Un cliente que había escuchado la conversación se levantó de su mesa y se presentó como Milán, chileno. Por él supimos que aquel bar era uno de los puntos de encuentro de hispanohablantes de la ciudad. Los camareros eran de Murcia, y la clientela se componía en su mayoría de argentinos.
En cuanto supo de nuestra situación se ofreció a alojarnos en su apartamento durante los siguientes tres días…, que casi sin sentir se convirtieron en más de dos meses. Pero no nos adelantemos.
Milán Vivía con su novia, Gabi, una judía argentina que trabajaba en el Hilton Jerusalén. El apartamento, como la mayaría de los de Israel, era muy pequeño, tanto que cada noche teníamos que tender nuestros sacos en la sala.
El chileno, que estaba esperando por un trabajo, se convirtió en nuestro guía jerosolimitano. Nos enseñó la ciudad vieja, los mercados, nos introdujo a las fiestas de sus amigos y hasta nos llevó a una boda como testigos. Y sobre todo, nos enseñó los mejores lugares de la ciudad para tocar música en la calle.
El apartamento de nuestros anfitriones estaba cerca de la muralla y llevábamos un ritmo de vida tranquilo. Hacíamos música por las mañanas y por las tardes esperábamos que Gabi llegase del trabajo, para ir a una cafetería con una gran terraza desde donde podían verse unos espléndidos atardeceres. O dábamos largos paseos por la antigua muralla hasta que la noche caía por completo. Entonces se multiplicaban las patrullas y era aconsejable retirarse.
Una mañana Milán nos anunció con cierto aire de misterio: “Esta noche voy a dormir en comisaría. No se preocupen, mañana estaré de vuelta”.
Resultó que esa tarde había convocada una manifestación del movimiento Paz Ahora. Esta agrupación defendía la paz con los palestinos, la creación de dos estados y recogía la preocupación de los sectores liberales y de izquierda por la creciente militarización de la sociedad israelí. Nuestros anfitriones pertenecían al movimiento, y el chileno iba a ser el jefe del cordón de seguridad de la manifestación de la tarde. Era un experto karateca, con un pasado nebuloso relacionado con alguna guerrilla sudamericana que nunca pudimos identificar:
–“Es seguro que esta tarde se presentaran los provocadores…”
— “¿Qué provocadores?”
— “Bueno, lo hay de muchas clases, pero seguro que vienen. Lo importante es atajar los incidentes casi antes de que comiencen. Para eso hay que identificar al cabecilla, que suele ser el que va primero gritando como un animal y neutralizarlo rápidamente”
Al atardecer se desplegaron las pancartas. Se habían reunido unas quinientas personas que parecían estar bien organizadas. La línea de cabecera la ocuparon unos 20 judíos anti- sionistas, entre los cuales había tres o cuatro rabinos. Algo más adelante Milán caminaba por la acera junto a un grupo de manifestantes que formaban la vanguardia del cordón de seguridad. El resto de asistentes se apiñaba tras las pancartas, procurando no dejar espacios a posibles infiltrados.
La demostración se puso en marcha ocupando toda la calle. Los cantos y consignas arreciaban, mientras la marcha avanzaba a un ritmo más vivo que el acostumbrado por estos lares. Un cuarto de hora más tarde aparecieron los provocadores anunciados por Milán. Eran unos cincuenta y estaban agrupados en un altozano de los jardines que flanqueaban la calle. Vociferaban insultos contra los manifestantes, y contra los palestinos en general. Comenzaron a bajar de su atalaya.
Milán hablaba con un compañero caminando con la parsimonia de quien está dando un paseo. Los alborotadores estaban llegando a la calle. El chileno les daba la espalda mientras seguía departiendo animadamente. Y …, allí, en primera fila estaba el cabecilla, agresivo y ruidoso…
Milán se le acercaba sin dejar de hablar con su acompañante. Los manifestantes respondieron a la provocación redoblando la intensidad de las consignas. El chileno estaba ahora a su altura. Con un solo movimiento se volvió y le encajó un golpe en el mentón. El cabecilla cayó al suelo en silencio y los atacantes se detuvieron por un momento. El cordón de seguridad se abalanzó sobre ellos haciéndolos retroceder hasta la altura del parterre. Desde allí comenzaron a tirar piedras.
Simultáneamente, aparecieron varios Jeep que descargaron decenas de policías o quizá militares que se interpusieron entre los contendientes. Luego, dio la impresión de que todo el mundo sabía exactamente lo que tenía que hacer. Los uniformados detuvieron a Milán y lo introdujeron en un furgón junto con otros tres o cuatro compañeros y media docena de provocadores, en un exótico totum revolutum. El grueso de los agresores se había esfumado. Los manifestantes se detuvieron…, rugieron ¡Paz Ahora, Paz Ahora, Paz Ahora! …, y comenzaron a plegar las pancartas. No había pasado media hora desde el comienzo de la demostración y la calle ya estaba vacía… sentimos que el peligro de verdad seguramente comenzaba a partir de aquel momento, y volvimos a casa.
Antes de las ocho de la mañana un Milán hambriento tocaba a la puerta. Estábamos aliviados. Y bastante asombrados porque todo había sucedido tal y como él había predicho…, aunque en el fondo el asunto no era tan misterioso. De su boca supimos que desde hacía unos dos años Paz Ahora convocaba una manifestación mensual que acostumbraba a desarrollarse tal y como habíamos visto. Los provocadores no eran siempre los mismos, pero la intervención de la policía no admitía muchos finales diferentes. Milán y otros de sus compañeros se repartían las detenciones. Todos sabían que el peligro real era la siempre desconocida catadura de los provocadores, pues nada garantizaba que en la siguiente ocasión no se presentasen con armas de fuego.

En Jerusalén casi todas las semanas pasaba algo, y empezaba a ser adictivo. Unos días después de la manifestación asistíamos a la sorprendente llegada de los entonces conocidos como falashas (extranjeros) y hoy llamados Beta Israel.
Desde al menos el siglo XVII se sabía que en Etiopía existía una comunidad que se reclamaba judía. En los años 50 algunos de sus miembros comenzaron a establecerse en Israel acogiéndose a la Ley del Retorno, que dice que cualquier habitante del planeta que acredite su ascendencia judía tiene derecho a la nacionalidad Israelí, y a la ayuda del Estado para asentarse en el país. En 1975 el rabino Ovadia Josef determinó que los Beta Israel eran descendientes de la tribu perdida de Dan, y fueron reconocidos oficialmente como judíos. En 1984 se puso en marcha la Operación Moisés para “repatriar” a decenas de miles de aquellos judaizantes africanos que al parecer vivían en Etiopía desde el siglo VI antes de Cristo.
Pudimos ver por las calles de la ciudad a grupos de negros altos y muy delgados mirando su nuevo país con ojos de asombro absoluto. Y como era lógico hubo que hacerles sitio dentro de las fronteras de la tierra prometida.
A la Operación Moisés le siguieron las Operaciones Josué y Salomón. En 1991 se alcanzó la cifra 135.000 etíopes “repatriados”, a los que lógicamente también hubo que hacer sitio para que pudiesen vivir y trabajar en el benévolo Israel. Solo que las fronteras se estaban quedando chicas, y había que ir pensando en ampliarlas…
Pasaban las semanas y la ciudad nos resultaba ya un lugar casi familiar donde podíamos ganarnos la vida. A diario se editaban al menos cuatro periódicos (en realidad unas cuantas hojas grapadas) en Sefardí o Ladino que nos permitían seguir las noticias locales. En aquellos días se hablaba mucho de un cine que no quería cerrar.
El Sabbat, día de fiesta semanal del judaísmo, comienza los viernes en el momento en el que se pone el sol y dura hasta la puesta del sábado. En este periodo los creyentes deben de cumplir una serie de preceptos de muy variada interpretación. Los principales son acudir a la sinagoga, y no trabajar.
El asunto es que los distintos rabinos y escuelas judaicas tienen concepciones diferentes de lo que significa trabajar. Por entonces circulaban por ciudad panfletos de diferentes congregaciones con largas listas de prohibiciones sabáticas.
Los más rigoristas consideran actividad laboral prácticamente todo lo que no fuese rezar o recitar los textos sagrados. Tiene pues prohibido caminar más de una cierta cantidad de de pasos, cortarse el pelo o las uñas, dar de comer a los animales, encender o apagar las luces, lavar la ropa o los platos, cocinar…, y un largo etcétera. Otros se limitan a abstenerse de trabajar en actividades remuneradas.
Lo cierto era que todos los viernes al caer la tarde sonaba una sirena que se oía en todo Jerusalén anunciando el comienzo del Sabbat. Acto seguido, la ciudad quedaba paralizada. Cerraban todos los comercios, bares y restaurantes. Paraba todos los transportes públicos, y los privados se reducían a su mínima expresión. Nada de espectáculos, actividades recreativas, deportivas, culturales… La ciudad se sumía en el sopor sagrado semanal durante el cual los habitantes apenas salían de sus casas. Jerusalén vivía una parálisis total…, excepto… un cine que impertérrito continuaba con sus funciones.
A pesar de las apariencias…, las restricciones eran una mera costumbre que no tenía fuerza legal alguna. Todo el que quisiese podría abrir su negocio, organizar una actividad de cualquier índole o irse a merendar al campo, pero nadie lo hacía…, nadie excepto el cine que seguía proyectando sus películas. Y aquello, para los judíos ortodoxos y no tan ortodoxos era una afrenta para la ciudad Santa entre las Santas.
Diversas instancias y asociaciones habían intentado por todo los medios acabar con el cine rebelde. Presiones y amenazas al dueño del local, campañas de boicot en los medios de comunicación…, y finalmente boicot activo. Todos los Sabbat un grupo de exaltados se apostaba ante las puertas del cine para increpar e insultar a todo el que se atreviera a entrar al local. La policía vigilaba discretamente, y durante un año prácticamente no entró nadie…, pero seguía abierto…
Finalmente a alguien se le ocurrió la idea definitiva: un rabino, que se mantuvo en el anonimato, pidió ayuda a Bárbara Streisand, la entonces muy celebrada actriz y cantante judío-norteamericana. La artista movió sus contactos y consiguió que los principales distribuidores de Hollywood se interesasen en el caso.
Al poco, una llamada de Bárbara advirtió al dueño del cine que debía cerrar su local durante el Sabbat si quería seguir recibiendo copias de los films más taquilleros del momento. Es decir, no habría Guerra de las galaxias, Indiana Jones o Blade Runner. El dueño (miembro de Paz Ahora) tuvo que claudicar y comenzó a cerrar el día sagrado. Aquella fue la noticia de la semana.
Milán y Gabi nos llevaban regularmente a fiestas y reuniones. En la ciudad la colonia de hispanohablantes más numerosa era la argentina. Nutrida en gran medida por judíos exiliados de la dictadura que acababa de ser derrocada, buena parte de ella estaba inmersa en la disyuntiva de retornar al país de origen, o quedarse definitivamente en Israel.
En una de aquellas celebraciones me explicaron el significado real del chiste del autobús chino (“Un autobús se despeña en una pequeña localidad de la provincia china de Shanghái. Hay 30 muertos, ¿es bueno o malo para el estado Israel?”).
“La gracia consiste en que dado que solo un judío puede reírse de semejante despropósito, es una buena manera de averiguar quién es realmente judío”. Era pues un chiste del tipo redundante, donde la risa se alimenta de la propia risa.
Reírse de uno mismo o de la propia comunidad supone adoptar un cierto distanciamiento. Mirar desde fuera nuestras actitudes, gustos, aversiones, valores…, implica despojarlos de solemnidad y por tanto relativizados. Se considera un signo de inteligencia y un antídoto contra el fanatismo. …, pero en aquella ocasión tuve la impresión de que no era exactamente así…
Ciertamente se rían de la locura propia, pero más bien para reafirmar que era precisamente esa locura la que daba fuerza e identidad al pueblo judío. Y nunca iban a renunciar a ella.
El tiempo de nuestra estancia en Jerusalén se acababa. Los diferentes gobiernos se esforzaban por crear para la capital espiritual de los judíos una imagen de normalidad a la medida de los turistas apresurados, cuando en realidad Jerusalén había sido siempre un territorio violento. Un incidente que apenas nos rozó terminó de convencernos que era tiempo de marcharse.
La calle Ben Yehuda era (y es) una vía importante del centro de la ciudad. El año anterior a nuestra llegada se había cerrado al tráfico, y rápidamente se multiplicaron las tiendas y cafeterías, convirtiéndose en un ambiente distendido y cosmopolita. Frecuentada por turistas y foráneos pasó a formar parte del centro laico de la ciudad.
Al parecer hoy está tomada por músicos callejeros, pero entonces la competencia era escasa. Muchas mañanas recalábamos en la zona baja, donde abundaban las terrazas, convirtiéndola en el escenario de nuestros pequeños conciertos.

Música en Ben Yehuda.
Un día en el que no fuimos a tocar se produjo un tiroteo en Ben Yehuda. Era habitual que las noticias relacionadas con árabes y palestinos, además de sesgadas fuesen escasas y confusas. La prensa se limitaban a informar que: Dos palestinos habían sido abatidos en la calle Ben Yehuda al intentar realizar un atentado.
A la mañana siguiente volvimos a nuestro lugar de siempre. Esperábamos encontrar un cordón policial, un reten de vigilancia, un tramo de la calle cerrado…, pero todo era normal. En la calzada, a unos cincuenta metros de donde solíamos tocar había unas manchas de sangre aún cubierta de tierra. Era el único rastro de lo que había ocurrido el día anterior.
En el pequeño bar donde servían bocadillos y jugo de naranja comprobamos que nadie sabía muy bien lo que había sucedido. Según unos, los palestinos habían arrojado una granada de mano que no llegó a explotar, otros afirmaban que habían sido reconocidos y al verse acorralados abrieron fuego… pero todos los “testigos” coincidían con indisimulado orgullo en que los terroristas habían sido abatidos antes de que llegara la policía o el ejército…
-Y entonces… ¿quién los mató?
-Todos
-¿Cómo que todos?
– Bueno, dispararon desde el Banco que está enfrente, desde los pisos altos…y creo que desde algunos comercios.
-¿La gente?
-La gente.
A comienzo de la década de los 70, Golda Meir, entonces jefa de Partido Laborista y del gobierno de Israel pronunció una frase que quizá ilustre la locura sagrada que persigue al pueblo judío desde dios sabe cuando:
“Nunca perdonaremos a los árabes que nos hayan obligado a matar a sus hijos”
