¿Acaso fue un impostor el médico Carlos Yañez, en La Laguna del siglo XVIII?

Una carta escrita por el doctor palmero Antonio Miguel de los Santos y el diario de una curación del cirujano de Primeros de la Real Armada Cristóbal González Durán en el siglo XVIII -ambos documentos originales pertenecientes a la colección de un particular- dejan entrever como el médico Carlos Yáñez, que ejerció en San Cristóbal de La Laguna en la misma época que ellos, obtuvo la titularidad como médico de la ciudad por nombramiento del Cabildo y muy posiblemente sin tener la titulación requerida para tal encomienda, cosa que pudo deberse al apoyo recibido por parte de sus amistades poderosas e influyentes.

Los Inicios

Existe una frase de Anchieta y Alarcón con motivo del nombramiento de Carlos Yáñez como médico titular en La Laguna tras el fallecimiento de Domingo Madan: Dios le favorezca y nos favorezca en todo y dé acierto en sus dictámenes y curas.”

Puede que se debiera a la existencia de rumores poco positivos sobre Yáñez, dado que había ejercido durante ocho años como médico sin plaza adjudicada antes de ser nombrado titular por el Cabildo.

Es muy significativo que aparte de Anchieta, tanto el médico Antonio Miguel de los Santos como el cirujano Lucas Cristóbal, expongan múltiples manifestaciones negativas sobre Carlos Yáñez.

De los datos cotejados se refleja claramente que Carlos Yáñez pudo ser un impostor que durante muchos años estuvo ejerciendo la medicina, siendo apoyado por las altas esferas políticas (hay que tener en cuenta los cargos de sus familiares más cercanos) entre las que supo moverse como pez en el agua tanto aquí como en la península a la hora de hacer validar un título que posiblemente nunca obtuvo. Si esto fuera cierto, supondría que por fin salga a la luz algo que de momento, parece ser que permanece oculto, en referencia al afamado médico con el que los dos tuvieron relación.

Igualmente se podría contestar a las preguntas de: ¿Por qué no se encuentra en los archivos los documentos personales de Yáñez acreditativos de su condición de médico nombrado por el Cabildo y los del resto de sus compañeros si? ¿Acaso esos documentos estaban en poder de Antonio Miguel de Los Santos debido a su calidad de síndico personero y tener acceso a ellos y por eso habla en su carta con tanta propiedad?

La sociedad de época

El siglo XVIII fue muy conflictivo para Canarias. El alza en los impuestos y la ocupación de las tierras por los grandes propietarios -unos pocos- endureció las condiciones de vida de la excesiva clase humilde, creando la desigualdad económica, cultural, social y sanitaria. Esta tensión social se manifestó en múltiples conflictos que afectaron a la práctica totalidad del archipiélago.

En La Laguna, mientras que unos sufrían la hambruna, otros filosofaban y disertaban sobre las corrientes artísticas y políticas europeas que iban llegando a las islas con la más absoluta indiferencia. A las altas escalas sociales no les importaba el hambre, porque no la temían ni la sufrían, además, era algo que sabían con certeza que no se contagiaba.

Las epidemias fueron importadas desde el exterior por el arribo de embarcaciones tanto militares como comerciales a los puertos isleños, que cargadas con una tripulación ya enferma, aumentaron el sufrimiento de sus residentes.

El tabardillo o tifus exantemático, el vómito negro (fiebre amarilla), la peste y las viruelas sobre todo en los niños y otras, fueron minando a la población

La lepra, la sarna y las enfermedades venéreas sin embargo sí. Era lo habitual por entonces. Pero lo que realmente diezmó a la población fue la irrupción de las diferentes epidemias que se sucedieron cíclicamente a lo largo de este siglo.

Dado que la higiene era poco habitual en la vida diaria de ricos y pobres, solamente las personas acaudaladas podían procurarse cuidados médicos, aunque desgraciadamente, la mayor parte de las veces se tomaban las medidas sanitarias cuando ya la sombra de la epidemia tocaba directamente a la puerta de sus casas. El pensar que la pobreza era la que producía y esparcía las epidemias fue lo que hizo que se aislara a los pobres para evitar la proliferación de los contagios.

La medida «sanitaria» más común que se adoptaba era obligar a los enfermos a observar una cuarentena. También se usaba el propagar fuego de enebro alrededor de los hospitales o quemar los ropajes de los contagiados.

Pero… Tenían otras costumbres – craso error- de tipo religioso, rezar, sacar las imágenes de los santos en procesión o levantar ermitas bajo cualquier advocación para ahuyentar los males. Dada su ignorancia, no reparaban que con estas manifestaciones, lo que producían era a su vez nuevos focos de transmisión, al reunirse personas que posiblemente ya llevaban la enfermedad contagiando al resto.

En esos primeros años del siglo XVIII La Laguna era el núcleo más poblado de Tenerife y desde esta ciudad se ejercía el poder sobre toda la isla. Contaba con alrededor de unos 7.200 habitantes.

Aunque se constata la presencia médica, hasta ese momento el principal problema de los ejercientes era la carencia de conocimientos, la nula preparación científica y como consecuencia la escasa capacitación laboral. A su vez, continuaba la proliferación de barberos y sangradores que no propiciaban en absoluto la mejora de las condiciones de salubridad de los ciudadanos debido igualmente a su escasa preparación.

En algunos escritos se refleja el material que los barberos usaban cotidianamente como instrumentos habituales: bacines para el agua, toallas, navajas de afeitar, peines, tijeras, espejos y mandil. Colocaban emplastos y curas. También practicaban sangrías o flebotomías, ya que se creía que la mayoría de las enfermedades humanas eran el resultado de exceso del líquido en el cuerpo (llamado humor)

Esta ignorancia de los iniciales “médicos” y barberos, mezclada con la tradición de curanderos y sanadores y la credulidad de la población, no tuvo más remedio que ir adaptándose ya que en la época de la Ilustración comienza la formación en las escuelas de medicina de los profesionales que se dedicarían a ella.

Sería importante tener en cuenta cómo poco a poco se va produciendo el declive de todos aquellos que no presentan documentos de haber recibido una enseñanza digamos reglada, observándose el auge de la medicina titulada, o sea, de la medicina legal o autorizada con sucesivos nombramientos de médicos titulares por el Cabildo.

Si el modus vivendi, de los médicos de la época no parece ser el de la opulencia, causa sorpresa ver como el “supuesto impostor” se mueve en unas condiciones que claramente no encajan con lo que parece ser lógico en ese momento.

El objeto de insertar tras este párrafo una frase que he recogido, va en función de que se pueda hacer una pequeña comparación de su vida con lo que más adelante se podrá ir viendo en el contenido de la carta de Miguel de los Santos con respecto al día a día de Carlos Yáñez.

Hay una frase que puede hacernos ver el status de la clase médica de la época y en la que un caballero que se inicia en la política hace saber a quién le va a proveer de bienes lo siguiente: «Es necesario e indispensable lo primero un coche con dos mulas, con sus correspondientes guarniciones; cochero y lacayo, que sin éste sólo andan los médicos.»

Los galenos de la época solían pertenecer a un estatus social intermedio debiendo ganarse el prestigio en una sociedad en la que la medicina era una carrera universitaria. A pesar de la función necesaria que cumplían, no se les consideraba de igual nivel que a otros profesionales tales como eclesiásticos o abogados.

Algunos de ellos optaron por un activo protagonismo en la vida social debido a su empeño en ocupar un puesto preponderante dentro de la sociedad. Por ello tuvieron una febril actividad política y cultural sin tener del todo el apoyo de esas élites a las que querían pertenecer.

¿Puede ser este el caso de Carlos Yáñez? ¿Internamente temía ser descubierto y por eso se prodigaba socialmente acaparando amistades en las altas esferas para encubrirse?

Médicos destacados de la época en La Laguna

El citar a continuación a algunos de los médicos de la época, se considera necesario para centrar los datos y ver con claridad la correlación profesional y personal existente entre ellos desde el ámbito cronológico, e incluso su categoría profesional, contrastándola con la mediocre y absurda de Carlos Yáñez, aunque parece ser que únicamente a él se le ha vanagloriado históricamente.

El cabildo autorizó entre otros en diferentes etapas para ejercer la profesión de médico a:

Joseph Yeres (José Esteban y Heres)

Era de origen valenciano y se trasladó a esta isla siendo muy joven. Se le describe como: “Era algo bajo de cuerpo, la cara muy suave semblante y poca conversación. Murió una vez que lo mandó el cabildo a Candelaria y a Arafo y vino el día de San Blas, con un tabardillo (Tifus) del que murió a los cinco días.

Domingo Madan y Grant.

Nacido en Waterford y bautizado el 1 de agosto de 1700 murió en Santa Cruz el 19 de marzo de 1775. Doctor en Medicina revalidó su título ante el Consejo de Castilla el 16 de febrero de 1750 (en algunas anotaciones aparece haber revalidado su título por Resolución del Consejo de Castilla el 3 de abril de 1750) y fue posteriormente delegado del Real Protomedicato de Madrid, juez subdelegado para los exámenes a médicos en las Islas y médico del Cabildo, elegido para este último cargo el 3 de abril de dicho año y nombrado médico de la ciudad de La Laguna.

Domingo Madan además fue catedrático de la extinta Universidad de La Laguna durante su corto periodo de funcionamiento: “La Universidad de La Laguna fue fundada por la Bula “Aeternae sapientiae”, de 27 de marzo de 1744, de Benedicto XIV, confirmada y ejecutada por Felipe V en su Real Cédula del 18 de junio de 1744. En ella se establece la creación de la Universidad en el convento de San Agustín de La Laguna, donde podrían llevarse a cabo los estudios de gramática, lógica, filosofía, matemáticas, teología, derecho, cánones y medicina. Se encomendó la cátedra de medicina a don Domingo Madan.

Las clases comenzaron el 7 de noviembre de 1744 y duraron sólo tres años, hasta el 4 de diciembre de 1747. Sin embargo, las intrigas y probablemente la falta de alumnos y profesores dieron al traste con ese proyecto. Un segundo intento para establecer una Facultad de Medicina estuvo ligado a la Real Orden del 7 de septiembre de 1816, donde se aprueba el establecimiento de un Colegio de Cirugía en la isla. El ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife facilitaría las salas del Hospital de Caridad, llamado más tarde Hospital de Nuestra Señora de los Desamparados, del Cabildo Insular, ofreciendo enfermos y cadáveres para las prácticas y disecciones. Desgraciadamente, el informe negativo del Cabildo y de los Comisarios Regios de la Universidad impidió que cristalizara este segundo proyecto“

Esto se recoge en la web de la Universidad de La Laguna en la sección de medicina. (http://www.ull.es/view/centros/medicina/Historia/es)

Carlos Yáñez.

Nació enLa Laguna en 1731 y murió igualmente en La Laguna el 29 de noviembre de 1784. (Observemos la cantidad de datos obtenidos sobre su persona en relación con el resto). Se le definió como: Un poco grueso, no llegaba a la estatura regular, vestía de abate, muy aseado y pulcro. Sus hebillas, su bastón, sus cajetas de tabaco, eran brillantes”

Realizó sus primeros estudios en La Laguna. Ganó un cursete en la Universidad de Sevilla entre 1750 y 1751; que al año siguiente «probó» el curso y que se matriculó para el de 1753. El 12 de marzo de 1753, obtuvo el título de bachiller en Artes. (1)

El 4 de mayo inmediato, el doctor y conciliario del colegio mayor de Santa María de Jesús de la universidad hispalense dieron por bueno el expediente que había presentado – que constaba de fe de bautismo e información de genere et moribus – a pesar de no haber sido hecho con exhorto del tribunal -por ignorancia de esta práctica- y le admitieron a examen del grado de bachiller en Medicina.

Nada se ha podido averiguar, hasta ahora, de la obtención de su licenciatura y del doctorado en dicha facultad, así como de la revalidación de ambos títulos por el Real Protomedicato de Castilla. No se encuentra su expediente personal, que falta en el Archivo Municipal de La Laguna, donde debería encontrarse junto con los de aquellos otros que disfrutaron la plaza de médico del Cabildo.

____________________________________________

(1)El grado de bachiller y dos años de mala práctica, acreditados con la certificación voluntaria de cualquiera médico bastaba para su validación y si se lograba la aprobación se tenía libre facultad de hacer estragos allá donde se ejerciera.

Este estudio, que por estatuto debía durar cuatro años, se hacía ordinariamente en tres, en el último de los cuales destinaba el catedrático los ocho días que siguen a la festividad de la Concepción para explicar una cuestión a su arbitrio; y a esto se daba el nombre de cursete, y contándose por un año, servía para complemento de los cuatro señalados por estatuto»

En 1756, comenzó a ejercer con aprobación general la medicina en La Laguna, a pesar de su juventud. Cuando llevaba ocho años ejerciendo la profesión, con motivo del fallecimiento del médico titular José Esteban y Heres, solicitó Carlos Yáñez del Cabildo le fuera concedida la plaza que quedaba vacante. Fue nombrado el 13 de febrero de 1764 como médico de la ciudad con el salario de su antecesor

Compartió, como venía siendo costumbre, este empleo, con el doctor Domingo Madan, también propietario, hasta el año 1775 y con el también doctor Antonio Miguel de los Santos a la muerte de Madan.

Yáñez tuvo problemas con el Santo Oficio varias veces. Pues bien, uno de los denunciantes declaró que: “Ardovin era poseedor de las obras de Voltaire y que las prestaba, entre otros, al médico de La Laguna Carlos Yáñez”

Antonio Miguel de los Santos.

Con raíces en Huelva, nació en Santa Cruz de La Palma en 1740 y falleció en La Laguna en 1800. Miembro de una familia humilde cuyo padre adquirió fortuna en la emigración, alcanzó una posición social intermedia, a pesar de haber generado en torno suyo una gran conflictividad. Estudió en la Universidad de Sevilla.

Dijeron de él que: Era de estatura regular y vestía de negro, llevaba espada y bastón, y en algunas ocasiones salía a visitar a sus enfermos a caballo y en silla volante”

Se dedicó no sólo a la medicina, sino también a la política y a la literatura y fue miembro fundador de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife. En 1777 se le nombró personero general de la isla, cargo municipal español instituido por Carlos III de España como repuesta a las protestas populares conocidas como Motín de Esquilache de 1766 y con la finalidad de dar voz en los ayuntamientos al «común», como se solía llamar entonces a los plebeyos, al pueblo.

Ha quedado constancia de los tratamientos que imponía a sus pacientes, de lo cual se desprende que tenía una sólida formación y unos conocimientos muy altos en todo lo inherente a su profesión.

El corregidor don Josef de Castilla lo arrestó en la sala capitular de La Laguna por alguna réplica o desobediencia a un decreto suyo, para que los vecinos de La Laguna, de cierta hora de la noche en adelante, no transitasen por las calles sin llevar farol o linterna.

Lucas Cristóbal González Duran.

Nació en La Laguna en 1729 y murió en la misma ciudad en 1796. Queda constancia de que: “Usó siempre uniforme azul celeste“. Este uniforme es el que correspondía al de profesor de medicina y cirugía de la clase de Primeros de la Real Armada se sobreentiende. Obtuvo el Título de Bachiller en Philosophia y realizó los estudios durante 4 años en Theorica y Práctica de la Cirugía.

En cabildo a 18 de enero de 1781, el licenciado Lucas González Durán, cirujano de la clase de primeros jubilado, médico práctico de la Real Armada y actual cirujano titular de esta ciudad de La Laguna, natural y vecino de ella, alegó haber servido interinamente la plaza que compartía Carlos Yáñez y con el doctor Domingo Madan, tras el fallecimiento de éste último, por acuerdo de 6 de abril de 1775 expresando: “Cuyo encargo desempeñé en el Real Hospital de Nuestra Señora de los Dolores y demás pobres de esta dicha ciudad, sirviendo en ambas facultades como es notorio hasta el día 25 de septiembre del propio año, en que V. S. fue servido nombrar para dicha plaza al doctor don Antonio Miguel de los Santos, y teniendo cada una de las dos plazas de médico de esta ciudad cien fanegas de trigo y cien ducados anuales, es constante haber yo ganado” la prorrata correspondiente…”

Haciendo Historia

Para entender como un cirujano, jubilado de la Real Armada pudiera ejercer en La Laguna como médico civil, hay que remontarse a la Ordenanza promulgada por José Patiño y Rosales, Intendente general de la Real Armada Española. Primer ministro y Secretario de Hacienda, Marina e Indias. A principios del siglo XVIII los barberos continuaban siendo el grupo profesional mayoritario en los barcos y ejercían todas las labores sanitarias. En 1703 se decidió sustituirlos por cirujanos romancistas examinados, debido a la poca práctica y experiencia de aquellos.

Pedro Virgili cirujano de la Armada en 1748 envió un proyecto o memorial en el que proponía la creación de un Colegio de Cirujanos para la Armada en Cádiz al marqués de la Ensenada. Con ello España se equipararía a las corrientes europeas de la enseñanza oficial de la cirugía y la creación de instituciones para la impartición de dicha ciencia.

Se creó en Cádiz, en el Hospital Real, un centro para la formación anatómica de los cirujanos castrenses. Posteriormente este centro se convertiría en el Real Colegio de Cirugía de Cádiz. En dicho centro obtiene en 1772 Lucas Cristóbal González Durán su título, documento que firmó Francisco Canivell.

La Ordenanza de Patiño, el restablecimiento de la matrícula de mar por el Marques de la Ensenada, los reglamentos del servicio de las armadas y principalmente, la reorganización del Cuerpo de Sanidad de la Armada en 1728 y la creación del Colegio de Cirujanos de la Armada, hicieron mejorar las condiciones de salud de las navegaciones y dieron impulso al progreso de la higiene naval.

El centro de referencia de la sanidad naval durante este siglo fue el Hospital Real de Cádiz, construido entre 1668 y 1675; hay constancia de la existencia de practicantes y enfermeros en este hospital desde 1728, tal como demuestran las actas de la Inspección realizada por la Diputación de Sanidad de Cádiz el 13 de abril.

También se les concede la facultad de ejercer en tierra, en tanto estuvieran domiciliados en Cádiz, lo que provocó no pocas controversias con sus colegas civiles, tanto es así que el subdelegado del Protocirujanato intentó derogar esos privilegios ante el rey quien, no solo los confirmó, sino que aumentó el número de los que podían ejercer a cincuenta. Dentro de éste grupo se encontraba Lucas Cristóbal González Durán, cirujano de La Real Armada que tuvo permiso para ejercer en Tenerife y que inexplicablemente ha sido olvidado a pesar de ser lagunero y haber coincidido con otros de los médicos ya citados en el ejercicio de su profesión.

¿Es posible que “su olvido histórico” se deba a las intrigas propias de la época y a su condición de militar y titulado, a la hora de ejercer frente al resto de sus colegas que eran civiles?

Podemos encontrar alguna escueta reseña de su persona hecha por Anchieta y Alarcón y por Juan Primo de la Guerra, pero son escasos si los comparamos con otro de los médicos de la época, Carlos Yáñez.

Es curioso que de todos los médicos titulares de la época se encuentre poca o escasa información y sin embargo de Carlos Yáñez no es dificultoso encontrar datos.

El asunto de que su titulación sonara para algunos como del todo dudosa y el que no constase su documentación acreditativa como médico en los archivos oficiales como era reglamentario, lo clasifiqué en un principio como sospechoso.

El Descubrimiento

El que la titulación de Carlos Yáñez sonara para algunos como del todo dudosa y el que no constase su documentación acreditativa en los archivos oficiales como era obligatorio resultó ser algo más que sospechoso.

Revisando los documentos que fueron propiedad de Lucas Cristóbal González Durán, encontré esta carta de seis páginas muy dura y de puño y letras de Antonio Miguel de los Santos dirigida a Carlos Yáñez. ¿Por qué la tenía Lucas Cristóbal?

Tan dura era, que en su momento declinó el enviársela y tiempo después continuó escribiendo nuevamente al pie de ella otra segunda, en la que se manifiesta y ratifica que la situación, en cuanto a sus agravios tanto personales como a la gente del pueblo resulta ya insostenible.

Aunque tiene algunos deterioros en las esquinas inferiores, no son impedimentos graves para poder entender perfectamente su mensaje. Directo, educado y sin tapujos.

Al principio de la lectura de la carta de Antonio Miguel de los Santos, no entendía bien la dureza manifestada en un escrito entre colegas, ni suponía siquiera el motivo de ella.

Inicia la carta llamando “compañero y amigo” a alguien que claramente y a lo largo de toda ella demuestra no serlo.

Con una suma educación y respeto, va desgranando su tristeza y sentimientos, contando que atenta a sus valores éticos y morales en cuanto a las labores no desarrolladas por su colega.

Cuenta cómo se ha hartado de sus agravios e ironías sobre su conducta médica, cómo se ha encargado de esparcir rumores en su contra diciendo que es un simple asociado. Se siente menospreciado por Carlos Yáñez, el cual lo toma por un mero pasante suyo siendo médico titular de pleno derecho.

Toda la carta es un cúmulo de narraciones de sus negativas a consultas demandadas por los pacientes, cómo los desatiende y abandona si han tenido la “oportunidad” de que haya aceptado una de esas consultas. Pero eso sí, siempre cobrando por sus supuestos servicios a aquellos desgraciados.

Le reprocha su poca ética y su comportamiento poco cristiano. Y le recuerda las consultas “olvidadas” que él ha tenido que atender, así como que ha manifestado y reconocido sentir repugnancia hacia los enfermos.

Refleja como Carlos Yáñez tiene un odio visceral hacia Lucas González Durán al que intenta “hacerle pedir limosna” y cómo maneja sus intrigas y artimañas para “borrarle” como médico titular.

Incluso le dice que: “todos viven ciegos en el conocimiento y proceder de su conducta médica y que no habría en el mundo quien se atreviese a decir a vuesa merced cuanta verdad”

La Conclusión

La carta en su contenido y en sus formas no es más que una declaración de que puede demostrar de que en su momento este señor ejerció como médico sin serlo. Nadie emplea una dureza semejante con acusaciones ofreciéndose a que declarará sin problema ante la justicia y con documentos probatorios.

No hay más que ver textualmente lo que Antonio Miguel de Los Santos le reprocha: “Estaba usted persuadido a que yo sería un mero pasante suyo un tenaz abrazador de los apasionados dictámenes y un ciego ejecutor de sus fatales pensamientos, examinó mi conducta, observó mi imparcialidad, en una palabra, conocía que yo era hombre de bien y como podía con estas cualidades parecerle a vuesa merced bonito? Por otra parte La Laguna y todo Tenerife me es acreedora a muchas gracias por el tal cual concepto que le debo.”

Aquí esboza como se siente manipulado por Carlos Yáñez, pero como en el fondo sus pacientes le valoran le pese a quién le pese: “Las consultas olvidadas en enfermos de vuesa merced se suscitaron; empezaron a ponerme de asociado ¿Y qué mayor motivo de emulación y de cosquilla? Concibe vuesa merced un mortal y detestable odio contra el pobre de Don Lucas, quiere que yo me uniforme al traje de su conciencia, intenta hacerle pedir limosna y borrarle del número de los facultativos, propone para esto hacerme mano de gato para sacar del fuego la sardina, admira mi tibieza y repugnancia ¿Y qué mayor demérito para hacerme objeto de sus iras? Esto solo era bastante en un corazón apasionado y ciego.”

Comenta que se siente utilizado, no únicamente en referencia a su persona, sino que le intenta imponer a su vez que se doblegue y se alíe en contra de Lucas Durán en cuanto a sus planes, pero no dando la cara él. Consecuentemente, ante la negativa, hace que Carlos Yáñez se enfrente y le desprecie porque no apoya sus planes: “Y así presté a vuesa merced paciencia porque no me queda otra brecha al desahogo que la que abriere el cañón de la pluma con que escribo bien entendido que cuanto dicho en esta carta no va dirigido a sonrojarle, sino a desengañar a vuesa merced del errado concepto en que ha vivido, de que todos viven ciegos en el conocimiento de su proceder y conducta médica y de que no habría en el mundo quien se atreviese a decirle a vuesa merced cuanta verdad”

Antonio Miguel de Los Santos le hace saber cómo ha usado la paciencia como pieza de la cordura y que no ha encontrado otra opción que la de escribirle, con el único propósito de que recapacite. Le explica que nadie se atreve a contradecirle aun conociendo toda la verdad que encierra su persona y como prefieren callarlo. En otros casos, presupone que no lo saben y están en la ignorancia por lo que viven ciegos en cuanto a su poco ético proceder.

También cuenta, como otro de los pacientes desatendidos, tiene que ser ayudado por su yerno y deja entrever las amenazas que ha proferido a un boticario: “Aún llega a más exceso, la impiedad. Sabe de antemano que en iguales insultos le socorría su yerno Don Manuel Ossuna que estando ausente con un emético y algún otro auxilio prompto y para cerrar enteramente la puerta a este único consuelo, va vuesa merced a la botica de donde se traía el vomitivo en los lances anteriores y previene al boticario que le perderá miserablemente si despacha aquel medicamento.”

Deja entrever como le cubre las espaldas su propio yerno en situaciones de ausencias tratando a los enfermos con simplezas que no van a propiciar su mejoría y como amenaza al boticario por si se le ocurre despachar sus productos a alguien al que él no haya dado su beneplácito: “¿En qué parte del mundo sucedería tal sin que el médico parase en un presidio, en una suspensión perpetua? Solo en La Laguna es lícito porque sería criminal en Berbería.

Este párrafo creo que no admite comentario alguno.

Lo que a continuación expresa, deja claramente entrever la usurpación de título que posee Carlos Yáñez, cosa que ha tenido el visto bueno por parte de las autoridades que debían revisar su documentación al respecto: “Vuesa merced por solo complacerme no debería permitir se practicare un disparate contra la salud de los enfermos; si por defecto de mis títulos o falsedad en mis grados tampoco puede vuesa merced negarse a las consultas pues a vuesa merced le consta son legítimos como me consta a mí lo subrepticio de los suyos. Esta sí que es proposición que aturdirá demasiado pero vuesa merced sabe muy bien que yo puedo probar que el de Dr. es fabuloso y el de revalidado está lleno de nulidades y de vicios y si se determinare a pedirme que lo pruebe en tela judicial ese será mi día de fiesta y el día de sus trabajos porque acabará vuesa merced de ser médico, descubiertas en el Supremo Tribunal las falsedades de este último y nulidades del primero.

El desengaño de esto se consigue con presentar vuesa merced esta carta ante el juez competente y aunque no lo sea protesto no pediré inhibición porque me es indiferente probarlo en cualquiera tribunal, ni piense vuesa merced que me acobarda la supuesta carta laudatoria y la aprobante del Sr. Regente último a quien vuesa merced por medio de sus amigos hizo entrar con un engaño. No compañero mío, no por cierto yo haré ver cuando vuesa merced guste los fraudes que por ser de ajena facultad no pudo penetrar aquel señor subdelegado y haré desengañar a cuatro tontos que han quedado satisfechos con aquella aprobación. De aquí resulta que yo era el que debía negarme a las consultas con vuesa merced porque me consta que no es médico, pero el ánimo que tuve de seguir una armonía igual con vuesa merced por mí mismo y por el buen ejemplo de el público me hizo disimular este defecto desde que me impuse en el con toda seguridad.”

Este es un párrafo bastante duro en el que sopesa los resultados de las consultas y tratamientos que ejecuta Carlos Yáñez: “Pero el Sr. Don Carlos Jesús, Ave María, en sus manos he de morir dicen los de La Laguna. Y será porque he observado hace tres años que todos o casi todos los que mueren, mueren en sus manos y no sanan en ellas todos los que sanan.”

En la segunda parte de su carta hace una súplica: “Yo ruego a Dios le abra los ojos para conocer a quien agravia y mirar con mas caridad al publico que le paga sus salarios”

Incluso añade una posdata: “No hay otra noticia que avisar por ahora, sino que la niña de Castro y Don Juan Carta para quienes vuesa merced se negó a consultar conmigo porque no había necesidad (subrayado) están ya aquella y este en Los Remedios hasta la resurrección de la carne.”

Carlos Yáñez se dedicaba a la vida social, a las tertulias en la Económica, a poetizar o a leer, más que a ejercer su “profesión”. Le sobró tiempo hasta para poder posar para el pintor Juan de Miranda y así perpetuarse con el transcurso de los tiempos, pero para ocuparse de su profesión parece ser que fue muy poco el que tuvo.

Sin duda es un personaje muy pintoresco que si lo que se refleja paso a paso en la carta de Antonio Miguel de Los Santos es cierto, se burló de la gente de su tiempo y de los que posteriormente lo han elevado al culmen de la cultura médico-científica de Tenerife y más concretamente de La Laguna.

Al final de la carta como colofón incluye este octosílabo:

El Doctor tú te lo pones

el médico te lo añades

y en quitandon y noyoveo

te quedaste Carlos Yáñez”

Mª Montserrat Ríos Torres

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