Recuentos II

Israel 1984

2. En Gaza

Fernando Herráiz Sánchez 10/03/2024

Investigador y Escritor

Y llegó la hora de partir hacia Egipto. Estábamos en Jerusalén. Conseguimos un garaje para dejar el coche en el que viajábamos, y compramos billetes de guagua (autobús) para Gaza, que entonces estaba en lo que los israelíes llamaban los territorios”, para referirse a los territorios ocupados. Desde allí, la frontera egipcia estaba a menos de una hora. Salimos a media mañana con tiempo de sobra para llegar a nuestro destino antes del anochecer.

La guagua zigzagueaba por pueblos grandes y pequeños, deteniéndose generosamente para el trasiego de viajeros, en su mayoría árabes palestinos. A mediodía paramos para comer y continuamos al mismo ritmo sosegado. Dos horas más tarde estaba claro que no íbamos a llegar a Gaza de día. Una ley no escrita dice que a los lugares desconocidos hay que llegar de día. Máxime si se trataba de zona militar.

Me dirigí a mi compañero de asiento, un palestino de mediana edad, para preguntarle en mal ingles si conocía algún hotel o pensión para pasar la noche. El hombre me miró con atención asintiendo, aunque estaba claro que no entendía una palabra. Insistí con gestos y mímicas. El palestino asintió con la cabeza rítmicamente durante un rato hasta que se cansó. Continuamos en silencio el resto del viaje.

Llegamos de noche y nos bajamos en una calle mal iluminada. La guagua partió y los viajeros se desperdigaron rápidamente. En una azotea cercana se veían las siluetas y se escuchaban las voces de los que luego supimos eran soldados israelíes. Mirábamos en todas direcciones sujetando el equipaje… cuando inopinadamente apareció el palestino de la guagua y nos hizo seña de esperar…

Menos de cinco minutos después vimos que se acercaba un coche y paraba justo frente a nosotros. El palestino abrió la puerta trasera y nos hizo señas de que entrásemos. Era un coche grande y muy ancho. Taxi? Taxi?…Hotel? Hotel? El conductor nos miraba en silencio encogiéndose de hombros. Entramos los tres sin saber a donde íbamos y nos acomodamos en el asiento trasero. Nuestro guía (¿guía?) se sentó junto al conductor y arrancamos.

Enseguida nos adentramos en un laberinto de calles oscuras y sin asfaltar. Vueltas y revueltas. Mirábamos a nuestro alrededor desorientados y en completo silencio. El coche se paró en una esquina donde al parecer esperaban dos hombres jóvenes. Abrieron las puertas traseras de ambos lados, y empujándonos cortésmente se sentaron junto a nosotros. El coche volvió a arrancar mientras los recién llegados saludaban a sus compañeros en árabe. La situación era delicada.

Tres o cuatro calles más tarde volvimos a parar en una esquina. Se acercó un hombre que subió al asiento delantero. Éramos ya cinco detrás y tres delante… el recién llegado comenzó a hablar…en correcto inglés.

Nos preguntó de donde veníamos y que hacíamos allí. El hecho de ser españoles pareció agradarle. Pronto averiguaríamos porqué. Nos informó que nuestro “guía” se llamaba Diap (tigre) y nos invitaba a hospedarnos en su casa. También de que todos los que estaban en el coche eran de la OLP. Respiramos aliviados. España aun no había reconocido al estado de Israel, lo cual era bueno…, aunque bien mirado tampoco era como para tirar cohetes.

En aquel entonces unos 6.000 judíos vivían en la franja de Gaza protegidos por más de 20.000 soldados. La población palestina se acercaba al millón y medio, y la tensión era permanente. Los incidentes y escaramuzas se sucedían casi a diario… Un coche en mitad de la noche repleto de fedayines no era un lugar muy seguro que digamos. Pero estábamos contentos y aceptamos la invitación de Diap. El que ejercía de jefe nos dijo que íbamos a Jabalia Camp.

Nuestro anfitrión vivía en una casa de dos pisos con su mujer y un hijo pequeño. Ella chapurreaba algo de ingles lo cual facilitó las cosas. De sus labios supimos que Diap trabaja de albañil en territorio israelí, y que ahora estaba en casa porque su padre había muerto unos días antes. La televisión y los espejos estaban de luto y no se ponía música. Cenamos, nuestros benefactores nos proporcionaron unos pijamas (chilabas cortas) y nos fuimos a dormir.

Al día siguiente Diab hizo gala de anfitrión y nos sacó a conocer Jabalia. El asentamiento había sido creado en 1948 como campo de refugiados para acoger a unos 35.000 palestinos, a los que no se les permitía regresar a sus lugares de origen en Cisjordania y Jerusalén Este. El padre de Diap había sido uno de ellos. Jabalia era entonces una ciudad de 100, 000 habitantes, con un paisaje bastante familiar para nosotros: calles sin asfaltar flaqueadas por casas autoconstruidas con bloques de cemento gris sin enfoscar, parecidas a las de muchos barrios canarios de la época.

Era temprano. Diap nos llevó al cementerio, a la tumba de su padre, apenas una ondulación en el terreno, donde rezó unas oraciones. Después nos dirigimos hacia el centro. A medida que nos acercábamos nos fue invadiendo una sensación de irrealidad: aquello parecía una película. En las azoteas de cruces y plazas se veían soldados israelíes parapetados tras sacos de arena manejando grandes ametralladoras de trípode. Pasaban convoyes militares que se movían despacio escudriñando las aceras y patrullas a pie de 15 o 20 soldados. Una película de guerra en territorio ocupado.

El centro de la ciudad era una calle asfaltada, más ancha que las demás, llena te ventas y cafetines. Diap encontró algunos conocidos que nos presentó. Parecía satisfecho de dejarse ver acompañado por tres de los escasos viajeros extranjeros que entonces pasaban por Gaza. Uno de sus amigos nos recomendó que cuando nos topásemos con alguna patrulla israelí nos hiciésemos a un lado y bajásemos la vista. Nunca debíamos mirar a los ojos a los soldados. Y efectivamente, los gazatíes agachaban sin excepción la cabeza y miraban hacia el suelo cuando se cruzaban con los ocupantes.

Después de comer pasaron a recogernos los fedayines motorizados. Fuimos a una casa donde cuatro o cinco hombres nos esperaban. Allí estaba el jefe, nos sonrió y saludó en un inglés mucho mejor que el nuestro. Comenzó explicándonos la justeza de la causa palestina y la crueldad del ejército ocupante. A continuación invitó a uno de los presentes a contar su historia.

Resultó que todos aquellos hombres habían sido detenidos en alguna ocasión y sufrido torturas y vejaciones. Para los casos leves de indisciplina, como violar los toques de queda o arrojar piedras, el procedimiento represivo estándar consistía en fracturar un brazo mediante una sencilla maniobra que era parte del entrenamiento de los soldados judíos. Para infracciones más graves se empleaba la tortura. El repertorio era añejo y exuberante: palizas, ahogamientos, interrupción del sueño, música y consignas a todo volumen durante días…, y una especialidad que nuestros informantes atribuían a la creatividad israelí: arrancar el bigote mechón a mechón con unas tenazas. Esta práctica no las relató un señor que tenía el labio superior deformado y que aseguraba que desde entonces no le había vuelto a salir ni un pelo.

De esta guisa pasamos la tarde, escuchando relatos y tratando de descifrar el sentido de todo aquello. ¿Por qué un grupo de curtidos resistentes tendría tanto interés en trasmitir su mensaje a tres jovenzuelos extranjeros con pinta de hippies? Al final de la tarde el jefe dio por terminado el encuentro y nos pidió, nos solicitó…, más bien nos rogó… que cuando regresásemos a nuestro país contásemos lo que habíamos visto en Palestina, y nos despidió no sin antes fijar una cita para el día siguiente.

El programa se repitió en los dos o tres días sucesivos. Paseos con Diap, parada para el té en algún cafetín y encuentros más o menos informales con el jefe y con gazatíes que tenían muchas ganas de contar sus historias.

Uno de los día regresamos algo más temprano que de costumbre a casa de nuestro anfitrión. Su mujer había puesto sobre la mesa el álbum de fotos familiar. Allí estaba su marido de joven, su padre, la boda, cuando levantaron la casa…, pasamos un rato agradable escuchando viejas historias familiares. Y… ya casi al final del álbum había fotos de otra casa, otra esposa y otros dos hijos algo mayores que el que estaba sentado a nuestro lado. Resultó que Diap tenía dos familias, y debía mantener a ambas. Y como nos dijo la esposa presente “por eso tenía que trabajar mucho y siempre estaba cansado”.

Llegó la hora de reemprender viaje. Diap nos acompañó a la estación de guaguas y sacamos billetes para Rafah, en la frontera egipcia. Apareció por allí el Jefe acompañado por algunos de sus camaradas y de nuevo nos rogó encarecidamente que contásemos siempre que pudiésemos cuanto habíamos visto y escuchado. Se lo prometimos.

Visto en perspectiva, se adivina el extremo aislamiento informativo en el que se movía entonces la causa palestina, y la necesidad de aprovechar el más mínimo resquicio para que las noticias de su pueblo llegaran a oídos europeos. Hoy Jabalia Camp ha sido arrasado. ¿Qué habrá sido de Diap y sus familias? ¿Y del Jefe?Por favor, cuando vuelvan a su país no se olviden de contar lo que han visto”.

Recuentos I

Recuentos III

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