
















Fotografías P. Torres
CARA Y CRUZ DE UN MENCEY
Quiero, mencey amigo
Adjoña del recuerdo
que a la isla le des rumor de alas
en el árbol caliente de mi vida,
que te pongas de pie sobre mi pecho
y que ruedes por él como una piedra,
por las vivas laderas de mi cuerpo.
Ábrete paso hasta mis ojos: arriba,
en el rostro del cielo,
sobre una sed de cumbre vengadora,
la misma estrella de la tarde,
dulce como el mirar de tus ovejas,
tal como vio tu reino en lozanía,
como te vio mirarte en otros ojos
jaspeados de amor que convocaban
trinos de bosque y ópalos de aurora;
como te vio también en tu alegría
de ave en el aire, de sentirte dueño
de tus tierras de entrañas de volcanes,
de coronar las sienes de las rocas
con una rubia voluntad de abejas,
de echarte en el regazo de la sombra
con una hojita verde entre los dientes
y de tener tu libertad en la mano
como un pájaro vivo, como un sueño
posado en los rubíes de tu sangre;
libre, te vio reír de peña en peña:
sometido, llorar como las fuentes
su espejo roto entre las piedras frías.
Quiero, mencey amigo,
nuestro hondero mayor de la leyenda,
que abras paso hasta mis brazos: toma
la honda que modula el horizonte
ceñida a la cintura de los mares,
pon en su azul la estrella de la tarde
y aciértale en la frente a los caínes
que no han querido ser nuestros hermanos.
La misma estrella que te vio sonríe
al ver que con tu sombra se iluminan
los chorros de distancia del recuerdo,
que aún entre los hombres la esperanza
crece como la hierba y que amamos
lo que hubo en tu voz de roca y cielo.
Si ella es isla, y amor, y alta ventura,
caiga su luz de paz sobre tu reino
Pedro García Cabrera

